miércoles, 30 de mayo de 2007

Keep shining, crazy diamond…

Fue hace varios meses. Extraña coincidencia, triste coincidencia, acababa de darle play al “The Madcap Laughs” por primera vez en mi vida. No recuerdo a la altura de qué tema entró mi hermano al cuarto con la noticia.


“Bo, dijeron ahí en la tele que se murió uno de Pink Floyd”, me dijo con tono de sé-que-te-va-a-importar-pero-a-mí-no-me-importa-mucho. No sé si hay alguna palabra específica para designar ese tono de voz.

Como propulsado por un resorte estremecedor, me incorporé de la silla, y a toda velocidad me dirigí hasta el living. Desde la tele, el Piñe me quería vender a toda costa un crédito. “Puta madre” pensé, y ya estaba por insultar a mi hermano cuando éste, quizás adivinando mis intenciones, me aclaró que después del corte iban a dar más sobre la noticia.

“¿Quién dijeron que se había muerto?” le pregunté. Me contestó con unos fonemas indescifrables, por lo cual no supe nada más hasta que volvió el informativo. Y ahí sí, ahí escuché claramente, ahí me despejaron todas las dudas, bueno, todas no, en realidad sólo supe que había muerto Syd Barrett. En mi cuarto seguía sonando su primer disco solista.

Recuerdo que me invadió un sentimiento profundo, raro, difícil de precisar (vaya tarea la de definir un sentimiento), al menos en ese momento. No era angustia; no era incomodidad, aunque algo de eso había, ni tampoco era exactamente esa sensación de que algo anda mal o te falta algo y no sabés qué, aunque de eso había mucho. Recién cuando pude procesar, hacerme a la idea de esa muerte, al menos un poquito, me di cuenta de lo que sentía. Tristeza. Una tristeza serena, no tan dolorosa como punzante. Una tristeza que parecía desparramarse por mi torrente sanguíneo, despacio, pero llegando a todos los órganos.

“Ahora voy a estar triste por el resto del día” pensé en voz alta. “Ay, ¿por qué?” me dijo mi madre, “¿por un drogadicto?”. “Por un genio”, pensé en contestarle, pero no, no daba. A esta altura de mi vida ya me resigné a que hay cosas que nunca voy a poder explicarle y que nunca entenderá.

¿Un genio, dije? Sí; aunque haya sido un drogadicto (¿aunque?), aunque supuestamente haya enloquecido a causa de su abuso del LSD (¿aunque?)… ¿Qué son esas objeciones moralistas frente a su obra artística, y frente a lo que ella significó para la música contemporánea?

Tenía motivos para estar triste… después de todo, el mundo había perdido a un artista brillante, a un loco brillante… “el diamante loco se había apagado”, leí por ahí. Pero yo no lo creo.

Tenía motivos, dije. Indirectamente, le debo mucho a Syd Barrett. Él fundó Pink Floyd, la banda que a los quince años me hizo cambiar mi perspectiva de la vida (la canción “Time” fue una cachetada despabiladora), me hizo cuestionarme muchas cosas, me dio fuerzas y una vía para canalizar sentimientos e ideas oscuros y frustrantes (The Wall, un punto crítico en mi vida, “The happiest days of our lives” y “Another brick in the wall II”, canciones que mascullaba para mí cuando la neurosis liceal, la neurosis institucional, se me hacía insoportable). Y lo principal, la definitiva influencia de Floyd en mi devenir literario, en mis primeros escritos, en mi decisión (bah, no creo que lo haya elegido) de ser escritor.

Por todo esto, y puede que por muchas más cosas, siento la necesidad de este pequeño homenaje, o más bien, de pequeño recuerdo. Cualquier homenaje se quedará corto, sobre todo después de la obra maestra “Shine on you crazy diamond”, que los ex compañeros de banda de Syd compusieron en su honor en 1975. Obra maestra que al insignificante entender y gusto de quien escribe, es la mejor canción de rock que se haya compuesto vez alguna.

Tristeza. Sus propios ojos parecían trasmitirla, ojos tristones, cara de niño triste, pero sin lágrimas. “Ahora hay una mirada en tus ojos, como agujeros negros en el cielo”, escribió su ex compañero Roger Waters en “Shine on…”. Nadie podría haberlo expresado mejor.

Niño triste, sí. “Quedaste atrapado en el fuego cruzado de la niñez y la fama”, canta Waters. Ahora, después de un par de años de estudiar psicología, puedo verlo de otra manera, y puedo intuir ese hilo conductor que conecta la niñez, el inconsciente, los sueños, las drogas alucinógenas, la psicodelia. Y la música de Syd.

Sus canciones son esa conexión, son todo eso. Quizás disparada por las drogas… pero todos fuimos niños, y no sé los demás, pero evocar esa época de la vida me llena de tristeza, de una tristeza casi inexplicable, casi como la que me invadió cuando recibí la noticia.

Sus canciones son esa conexión. Están plagadas de imágenes, de alucinaciones más bien oníricas, de fantasías infantiles, de cuentos de hadas, de misterios insondables, de colores brillantes, del mundo concreto y del mundo mágico de los niños. Son canciones gráficas, inmediatas, que impactan nuestras retinas, nuestros tímpanos, nuestras narices y lenguas, nuestras pieles.

Y así escuchamos a un flautista que nos cuenta de viajes espaciales, sentimos a un gato siamés enroscarse en nuestras piernas, nos dormimos escuchando una historia de hadas, cabalgamos unicornios por campos sembrados que vigila un espantapájaros negro y verde, nos cruzamos con un gnomo llamado Grimble Grumble, andamos en una bicicleta prestada que tiene canasto y bocina, mientras le contamos a la niña de la que gustamos que conocemos a un viejo ratón, al que hemos bautizado Gerald, y que ella es la clase de niña que encaja con nuestro mundo, y que le daremos cualquier cosa, todas las cosas, si ella quiere cosas.

¿Cómo evitar la melancolía al escuchar estas canciones? No hay manera. Yo no puedo. Ni quiero.

Habrá que aceptarlo, habrá que decirse que es así aunque en el fondo sepamos que es mentira. Igual, vamos a seguir soñando; igual, cada noche y para siempre, vamos a seguir siendo esas personitas que trepan árboles de manzanas para agarrar el sol con las manos.

Brillá, diamante loco. Ya sos inmortal.

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